Edición Revolucionaria (R): memoria y nostalgia del saber en Cuba. Entrevista a Rolando Rodríguez, fundador y director de Edición Revolucionaria. 4 de febrero de 2016
Revolutionary Edition (R): Memory and Nostalgia of to Know in Cuba. Interview to Rolando Rodríguez, Founder and Director of Revolutionary Edition. February 4 of 2016
Dra. Natasha Gómez Velázquez
Facultad de Filosofía
e Historia, Universidad de La Habana, Cuba
Nota preliminar de la entrevistadora:
Cuando era estudiante,
entre los años 1983 y 1988, reunía algún dinero -con seguridad
menos de 10 pesos- y cada dos o tres meses salía de la Facultad de Filosofía
e Historia de la Universidad de La Habana al finalizar las clases, y me dirigía
a las Librerías de libros viejos. Mis preferidas eran la "Científica"
de la calle I que se encontraba a unos metros de la Facultad de Biología
y también la que estaba frente a la "Moderna Poesía"
a la entrada de Obispo. Siempre volvía entusiasmada de ese paseo, y hacía
el viaje de regreso a mi pueblo con tres o cuatro volúmenes, que no se
bien por qué consideraba entonces muy importantes. Ahí tenía
para leer, estudiar, y anotar algunos meses.
No tengo claro cuáles eran mis criterios de compra en esa fecha. ¿Dónde
pude haber
escuchado nombres como los de Sartre, Gramsci, Lukacs, Althusser, Debray, Levy
Strauss, Luxemburgo, Weber, y otros? Quizás fue intuición, quizás
la voluntad que tenía en esa época para leer vertical -de arriba
abajo, las palabras claves por página- en los pasillos de las Librerías,
las orientadoras -pero a veces muy teóricas y complejas- Introducciones
o las Notas de contraportada de cada ejemplar. No descarto tampoco la posibilidad
de haber escuchado cierta información motivadora por parte de algún
profesor de la Facultad, estoy casi segura que María del Pilar (Díaz
Castañón) de vez en vez mencionaba a Althusser. Además,
ella impartía maravillosas clases sobre El Capital, se metía en
las honduras de los "fisiócratas", y también en la compleja
arquitectura teórica de Hegel, ¡quién sabe a partir de qué
lecturas heterodoxas! Supongo también que mi estimado Joaquín
Santana, nombraba a veces de pasada
a un húngaro llamado Lukacs. Claro, Santana venía de realizar
estudios de Postgrado en Alemania Democrática (RDA), donde la enorme
carga de historia y cultura marxista nacida y construida en su suelo, no podía
ser encauzada con total éxito hacia el marxismo soviético excluyente.
Yo estudiaba Filosofía Marxista-leninista, carrera que se había
establecido desde 1976 -cinco años después del "cierre"
del primer Departamento de Filosofía-, y como lo indica su nombre, solo
incluía en el currículum la interpretación soviética
del marxismo. Esencialmente, dos Asignaturas trataban, desde presupuestos prejuiciosos,
lo que se había producido fuera de ese espacio conceptual: Crítica
a la Filosofía Burguesa Contemporánea y Crítica a la Sociología
Burguesa Contemporánea. Y apenas avanzaban hacia el marxismo después
de Lenin -ni paralelo a él-, o al pensamiento del siglo XX.
No obstante, sería muy injusta si no reconociera que varios excelentes
profesores de amplios conocimientos y todos de mucha dignidad, nos hicieron
aprender, interrogar, y filosofar a partir de la bibliografía disponible.
Tuvimos gran exigencia en el conjunto de materias que era de naturaleza muy
diversa: Psicología; Pedagogía; Derecho; una batería de
Historias; ¡dos semestres de Matemática, qué horror!; Problemas
Filosóficos de las Ciencias (Biología; Química; y Matemática,
¡otra vez!); Pensamiento Cubano (que debe haber entrado al currículum
como en el 87) con Torres Cuevas. A nivel investigativo de pregrado se introdujo
Filosofía de la Ciencia -premisa de los Estudios Sociales de Ciencia,
Tecnología e Innovación en la Universidad- con la obra clásica
y universal de Lakatos, Kuhn, Feyerabend, también conocimos a Bernal
y el pensamiento latinoamericano. Todo esto último, a instancias de Jorge
Núñez Jover, profesor de excelencia con extraordinarias dotes
de pedagogo, que por entonces impartía también marxismo con métodos
de impecable razonamiento. Retaba nuestra inteligencia y nos dejaba ansiando
la próxima clase.
Los estudiantes pasábamos 10 horas en la Facultad más de una vez
a la semana por cinco años, generalmente en la Biblioteca (aunque también
en actividades estudiantiles y haciendo vida universitaria). Éramos muy
competitivos entre nosotros, en cuanto a conocimiento y notas. Leíamos
a los filósofos -marxistas o no- en sus propias obras. Con cierta frecuencia
solo existía un solo ejemplar, que a veces estaba en la Biblioteca Nacional,
y nos organizábamos para que los aproximadamente 50 estudiantes del año
pudiéramos consultarlo. Y, ¡hay que decirlo!, difícilmente
generaciones posteriores hayan conseguido un dominio temático -por obra
y página- de lo escrito por Marx, Engels, y Lenin, como el que nosotros
tuvimos. Eso fue resultado de lecturas pacientes exigidas desde todas las asignaturas
durante los cinco años de estudio, y obedeció no solo a cuestiones
académicas sino también a circunstancias políticas.
En fin, ese amor a la sabiduría que descubrí en la Facultad, era
el que me conducía en los 80 a aquellas Librerías que vendían
volúmenes viejos y extraños (¿!). Pero los estudiaba de
manera más bien literaria, pues no disponía de referencia contextual
alguna -sencillamente, no había cómo obtenerla, ni sabía
si existía- que me permitiera comprender críticamente su significado.
No obstante -¡y para mi sorpresa!-, en años sucesivos pude comprobar,
que aquello que más había llamado mi atención en esos libros
-subrayado y anotado- coincidía página por página, con
las tesis más distinguidas de esos filósofos. Y eso es mérito,
de los que me enseñaron a pensar jugando con el canon o a pesar de él
Después de las primeras incursiones en esas Librerías, me percaté
de que casi todos los textos interesantes llevaban el sello Edición Revolucionaria
(R), y que en su mayoría estaban fechados entre 1966 y 1971. A partir
de ese descubrimiento, empecé a perseguir este rótulo.
Ya tenía cómo orientarme en los estrechos pasillos que dejaban
las acumulaciones de libros polvorientos. En lo adelante, solo atendería
los textos que llevaran una gruesa letra R.
Hoy se encuentran esos, mis queridos libros, en la primera fila de mi librero.
Están garabateados con estilo personal, y su status es de permanente
consulta y estudio. Por cierto, en sus primeras hojas tienen aún estampado
el precio de reventa de los años 80, que oscilaba entre 20 centavos y
dos pesos (¿será redundante precisar que era en moneda nacional
?)
Desde época relativamente reciente, es posible verlos en internet o de
una manera más fácil: se incluyen en las Bibliotecas virtuales
que circulan entre los interesados. El aprecio tan particular que les tengo,
obedece a que me abrieron horizontes de conocimiento y sugerencias teóricas
-especialmente sobre marxismo- cuando no había otras alternativas. Quizás
también por eso, me creo versada en la obra de algunos de los nombres
citados, pues estuve años releyéndolos. De todas formas, sus proposiciones
teóricas solo adquirieron real significado mucho más tarde, cuando
logré acceder a otras lecturas que me permitieron situar a aquellos sobrevivientes
textos (autores e interpretaciones), en el mapa general del desarrollo de la
tradición marxista o del pensamiento social.
No recuerdo haber identificado en los años 80 el interés por esos
libros en alguno de mis compañeros de estudio de entonces, aunque es
posible que existiera. Nunca salieron esas lecturas en clase ni en las conversaciones
de los históricos bancos y muros de la Facultad. Aunque más tarde
supe que antes y durante los 80, profesores y otros graduados se habían
aficionado también a buscar y estudiar libros R -entre otras lecturas
de todo tipo que circulaban y debatían de manera informal-, y que ya
los empleaban conscientemente como resistencia contra el dogmatismo. Incluso,
recibí información a posteriori, que confirmaba que no pocos ejemplares
habían permanecido en estantes de la propia Biblioteca de la Facultad,
sin que se emplearan directamente en la docencia. Y la afición (¿!)
continúa: algunos de los actuales profesores adiestrados, en medio de
la era digital, siguen buscando en las ventas de calle lo que va quedando de
los aún valiosos libros R.
Sin embargo, no puedo decir que siendo estudiante en los 80, mi interés
se dirigiera a forzar los límites que por entonces conformaban la norma
de las lecturas marxistas legítimas. Se trataba simplemente de saber
más. No había intención desafiante, pues creía vivir
en un universo unitario, homogéneo, y coherente de marxismo. Y es que
mi generación tuvo una formación marxista unilateral, que solo
ha salvado la motivación individual de saber de cada quien. Y no me refiero
precisamente a la lógica "autosuperación", sino a la
capacidad personal para generar un cambio de paradigma; comprehender lo hasta
entonces ajeno; recomponer la totalidad discursiva -no solo marxista-; siempre
partiendo de los recursos de razonamiento bien proporcionados durante la carrera
por guías honrados (como dijo Martí de los Maestros).
Solo a mitad de los 90 descubrí que en la primera década de Revolución,
al menos en la Universidad de La Habana, jóvenes profesores habían
estudiado una buena parte de todo el marxismo posible, entre otras cosas. Las
Ediciones R de aquellos libros clásicos conque yo trabajaba, eran testigos.
Precisamente fue en los años 90, después de la caída del
socialismo en la URSS y la desacreditación de su marxismo, que se ganó
un espacio en distintas Universidades para comenzar a investigar de manera documental
el pasado del proceso de masificación e institucionalización de
esa teoría en Cuba (y también de la historia real de la teoría
y experiencias socialistas). Esos acontecimientos generaron cierta conciencia
crítica -en calidad de motivación exclusivamente personal, y nunca
a nivel institucional- sobre lo que era y había sido el marxismo corriente
en nuestro país. Todas estas investigaciones empezaron a adquirir legitimidad
como tema científico en los primerísimos años de este siglo,
pero tuvieron entonces fuerte resistencia real y simbólica. Esta provenía
-y proviene- de una mezcla entre historia de vida, dogmatismo, e ignorancia.
Actualmente se han publicado numerosos ensayos, artículos, libros, y
entrevistas al respecto. Y de distintas formas, el asunto ha entrado a la docencia
de pre y postgrado. Aunque en ningún caso, aún se ha tocado fondo.
Los principales protagonistas de los ya históricos proyectos surgidos
en aquel Departamento de Filosofía, han sido reconocidos con Premios
Nacionales de Historia y Ciencias Sociales.
Sobre el año 95 empecé a estudiar el origen de esa historia relativa
al marxismo, su enseñanza, difusión, y polémicas de la
década del 60. Fueron años de lecturas en Bibliotecas (tengo un
gran número de antiguos blocks llenos de resúmenes manuscritos,
como los monjes del medioevo) y entrevistas, cuando no había transporte
en La Habana y tenía cinco grupos de clase en la CUJAE. Trataba de publicar
algo de lo que iba escribiendo, pero apenas se imprimía pues no había
papel. De manera que, como todo graduado del siglo anterior, mi currículum
tiene ese acápite bastante flojo hasta que comenzó la era 2000.
En fin, defendí (en sentido más que literal) mi Tesis doctoral
a mitad del 2001 -que malgasta páginas solo en intentar hacer aceptable
lo que era necesario decir-, legitimando el tema en el medio científico
de la academia. Eso sí, con todos los votos en contra que se puedan tener
y una advertencia de que los resultados no podían ser publicados
Durante aquella investigación, se me develaron muchos misterios relativos
a Ediciones R, al primer Departamento de Filosofía de la Universidad
de La Habana, y a un susurro denominado Pensamiento Crítico (del cual
también tenía algunos ejemplares en casa).
Un poco antes, aún en los 90, podía considerarme privilegiada
por disponer de libros R, pues era una etapa en la que todavía no se
podían encontrar escritos de marxismo no soviético. Sin embargo,
la Facultad comenzaba a cambiar. Proyectos intelectuales interesantes abrieron
el intercambio con universidades y académicos extranjeros, que proporcionaron
saber, orientación bibliográfica y ¡cajas de valiosos libros!
Por entonces algunos profesores ampliaron -con emoción y angustia- la
interpretación del marxismo, el socialismo, y el pensamiento filosófico
que se llevaba a las aulas y a las defensas de doctorado (no siempre con éxito,
ante la poderosa indisposición al cambio), pero eran tiempos duros. La
matrícula de estudiantes de Filosofía Marxista-leninista disminuyó
hasta llegar a la cifra de uno.
Considero que lo determinante en ese reinicio de los 90, fue un factor externo:
la posibilidad de reconsiderar el marxismo soviético corriente a partir
de la implosión de la URSS. Si esta condición no se hubiera dado,
el reencuentro desprejuiciado y crítico con la tradición marxista
toda y su historia real, así como con el pensamiento filosófico
y social en general, habría demorado más en Cuba. Puede afirmarse
que aguardaban por una oportunidad importantes intelectuales, investigadores,
y profesores dentro y fuera de la academia, que habían ido formando una
cultura teórica al margen de los escenarios y que ya antes daban señales.
Para la fecha existía y estaba listo, un segmento intelectual con capacidad
discursiva, crítica, y soberanía de pensamiento que se había
ido constituyendo desde siempre. Se iniciaron entonces los increíbles
debates -convertidos en acontecimientos culturales habaneros- sobre sociedad
civil; la obra de Gramsci; la crisis del marxismo; Michel Foucault; los teóricos
postmodernos. De esos debates queda la memoria, y también testimonios
en algunas publicaciones de la época y de años posteriores, que
en buena medida salieron a instancias del Centro "Juan Marinello",
Temas, La Gaceta de Cuba, Contracorriente. Los espacios de la Facultad como
el de L y 27 (Casa Don Fernando Ortiz); el "Salón Frío";
y el "local de Ramoncito", dieron cabida a también a grandes
y pequeñas discusiones temáticas, que convocaban espontáneamente
la participación transdisciplinar (filósofos, sociólogos,
historiadores), e incluso la curiosidad de profesores de áreas del conocimiento
más alejadas. Por cierto, hubo noticia comenzando los 90: ¡reabría
Sociología
! (cerrada en 1976, por considerarse entonces que el
"Materialismo Histórico" -paradójicamente, en su definición
más estéril- era omnicomprensivo respecto a los procesos sociales).
Los estudios de la especialidad de Filosofía se transformaban a inicios
de los 90 con el aporte de sabiduría e inteligencia del profesor Jorge
Luis Acanda -entre otros contribuyentes-, que para la fecha dirigía la
Comisión Nacional de Carrera. Se eliminaron algunos nombres de disciplinas,
especialidades, así como sus contenidos y puntos de vista que obedecían
a la versión vulgar del marxismo que había sido hegemónica
por largos años. Desaparecieron los Materialismos Dialéctico e
Histórico en favor de Teoría e Historia de la Filosofía
Marxista-leninista (de idéntica intención unitaria y crítica
al Programa docente Historia del Pensamiento Marxista, elaborado por el primer
Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana en 1968, y que
nunca se pusiera en marcha); las Críticas a la Filosofía Burguesa
pasaron a ser Pensamiento Filosófico Contemporáneo; el Ateísmo
Científico se convirtió en Filosofía de la Religión.
No obstante, hasta hoy permanece Filosofía marxista-leninista como denominación
general de la carrera, con la respectiva connotación teórica y
política de naturaleza negativa que este término tiene en la tradición
marxista y socialista. Además, la política editorial en materia
filosófica y muy probablemente en todo el campo de las denominadas Ciencias
Sociales, no acompaña en absoluto las intenciones necesarias de actualización.
Los estudiantes de la especialidad en la Universidad de La Habana hoy -y quizás
en las Universidades de Las Villas y Santiago de Cuba-, tienen como un hecho
natural el estudio de la obra de importantes teóricos y militantes de
la tradición marxista y de la filosofía contemporánea,
así como la formación desde el marxismo crítico y para
su ejercicio. Algo que le fuera negado a mi generación y a las que estudiaron
entre los años 70 y mitad de los 90. Toda esa escalada de graduados tiene
una deuda de lecturas inmensa que solo ha sido saldada por una minoría
a través del esfuerzo individual de una vida, por medio de soliloquios
-ante la ausencia de vida científica apropiada para amplias zonas de
saber-, a través del encuentro fortuito con algunos ejemplares R (no
solo), y de manera acelerada cuando fue posible empezando el siglo. En cambio,
los estudiantes de ahora, tienen un mundo de textos digitales a su disposición,
que ojalá sea aprovechado y convertido en saber, tal y como hubiéramos
ansiado nosotros entonces. Esto se acompaña de una presentación
docente que está hoy en condiciones de abrir posibilidades hermenéuticas
múltiples para su asimilación.
Escucho a mis estudiantes discutir sobre Luxemburgo y Trotsky en clase; permitirse
enfoques críticos -inherentes a la filosofía y el marxismo- acerca
de lo hasta hace poco intocable; leer polémicas históricas enteras,
es decir, no reducidas a la exposición, recapitulación, y valoración
crítica de una sola parte. Después hablarán de Marcuse,
Habermas, Benjamin
, Anderson y sus clasificaciones. En otras materias
leen a Deleuze, Foucault, Vattimo
, aunque sospecho que entre sus favoritos
están Kant y Nietzsche. Algunos graduados permanecen en la Universidad
o van a Centros de investigación que propician y estimulan la continuidad
del estudio crítico. Pasan a formar parte entonces de un segmento intelectual
muy activo que investiga, escribe y polemiza a viva voz, en distintos foros
hoy. Pero ellos no saben que eso se ha logrado con mucho esfuerzo, pasión
y riesgo de profesores de algunas generaciones, y no como un simple resultado
de la actualización de los Planes de Estudio o desarrollo lógico
del conocimiento y la investigación llevado a la pedagogía. Es
más, la traslación a la docencia de ciertas cuestiones y la motivación
sembrada en los estudiantes hacia ellas, no depende del Plan de Estudio, sino
de la voluntad que profesores a título individual, han puesto en socializar
ciertos saberes y promover el pensamiento.
Me gustaría decir que hemos logrado conectarnos con la heterogénea
voluntad de conocer que se generó en aquel primer Departamento de Filosofía
de los 60; que la internet -aunque limitada- y los libros digitales han logrado
consumar la ambición de Ediciones R que no era propiamente docente, sino
más bien cultural y política. Y lo más importante, ese
proyecto ha inspirado siempre la pasión imprudente del saber. Debemos
recordar eso cuando leamos - ¡ahora se puede!- una buena parte del todo.
Presentación del entrevistado
Rolando Rodríguez se graduó de Derecho y estudió en la Escuela Nacional Raúl Cepero Bonilla -integrada a las Escuelas de Instrucción Revolucionaria (EIR)-, que formó a los primeros profesores de Filosofía y Economía de la Universidad de La Habana. En 1966 es nombrado Director del Departamento de Filosofía de esa institución. Desde el año anterior fundó y organizó por orden del Comandante Fidel Castro el Plan Especial del Primer Ministro, Ediciones Revolucionarias. En 1967 fue designado Director General del Instituto del Libro. Actualmente se desempeña como jefe de una oficina de Historia de la Ayudantía de Fidel en el Consejo de Estado. Es Profesor Titular de Historia de Cuba en la Casa de Altos Estudios Don Fernando Ortiz de la Universidad de La Habana; Miembro de Número de la Academia de la Historia de Cuba; Premio Nacional de Ciencias Sociales 2007 y de Historia 2008; y le fue dedicada la Feria del Libro de 2014. Ha publicado dieciocho libros, adicionalmente tiene dos en edición, dos en imprenta, y uno en redacción. Entre sus libros publicados se encuentran los siguientes: Bajo la piel de la manigua (dos ediciones); Cuba, la forja de una nación (tres tomos); República de Corcho (dos tomos) en dos ediciones; República rigurosamente vigilada (dos tomos); Rebelión en la República (tres tomos); y La revolución que no se fue a bolina.
Rolando Rodríguez
tiene la palabra
Recuerdos del Departamento de Filosofía
El primer Director
del Departamento de Filosofía fue Luis Arana Larrea, profesor hispano-soviético
que sería sustituido por Gaspar Jorge García Galló. Hacia
1964 se decía que nosotros dábamos las clases por el Manual soviético
de Filosofía de Konstantinov, y era verdad. Pero esa interpretación
se alejaba bastante de los conceptos que se manejaban en Cuba sobre el marxismo
y de la situación de América Latina y de nuestro país.
En eso, Osvaldo Dorticós, entonces Presidente de la República,
conoció del hecho y se reunió con nosotros. En enjundiosas palabras
nos expresó la necesidad de pensar con nuestras propias cabezas. En esa
coyuntura me designaron para acompañar a García Galló en
calidad de subdirector. Posteriormente, quedé como Director en 1966 y
Fernando Martínez Heredia pasó a ser subdirector.
El alumbramiento de Edición Revolucionaria
Hacia mayo de 1965,
me encontré en la entonces Plaza Cadenas de la Universidad (hoy Plaza
Agramonte) con el compañero Fidel. Los alumnos lo acosaban solicitándole
libros, porque no los tenían. A mí me preguntó si enseñábamos
por el Manual de Konstantinov. Le respondí que trabajábamos en
clase con los clásicos del marxismo, Marx, Engels y Lenin. Pareció
sorprenderse y me preguntó cuándo podía reunirse con nosotros.
No pocas veces nos reunimos todavía con Fidel en la Plaza Cadenas. Hablábamos
de la situación en América Latina. Una de esas noches le mencioné
un trabajo de Regis Debray, La larga marcha de América Latina, y me orientó
que lo invitara a Cuba. En esa ocasión también Fidel me dijo que
ampliara el Departamento.
El 7 de diciembre de 1965 me llamaron a casa sobre las 8 de la noche para que
fuera al Departamento de Filosofía. De inmediato supe de qué se
trataba: Fidel estaba sentado detrás de mi buró en la oficina
de la dirección. Pensé que hablaríamos de la próxima
Tricontinental, pero la conversación se inició cuando me extendió
un libro para que lo viera: Primavera silenciosa de Rachel Carson. Me preguntó
entonces dónde estaba editado. Lo abrí y respondí: "en
Barcelona". Pidió otro ejemplar para mostrarme y formular la misma
pregunta. Ya sospechaba que había gato encerrado, pero la respuesta fue
la misma: "Barcelona", dije. Fidel negó, pues el segundo estaba
hecho en Cuba. Me orientó que fuera a ver al Rector Vilaseca para que
nos proporcionara una lista de libros necesarios, y por otra parte, fuera a
ver también a Joel Domenech que era el Ministro de Industrias en esos
momentos (organismo que tenía adscripta la Empresa de Artes Gráficas),
para que se encargara de comenzar a reproducir los libros de la lista. Cada
edición sería una "edición revolucionaria", dijo
Fidel esa noche. Añadió que era un crimen que los imperialistas
yanquis nos quisieran estar matando de hambre, y además, que ahora nos
quisieran matar de ignorancia.
El Rector respondió que aún la lista no estaba concluida, pero
el Ministro de Educación José Llanusa sí tenía una
copia completa de unos 240 títulos, que recogí. Fidel también
señaló que pasáramos por las distintas Facultades de la
Universidad y por los Tecnológicos, con el propósito de conocer
la cantidad de libros que eran necesarios en la docencia para un plazo de tres
años. Incluso, enviamos a España a dos compañeros a buscar
originales, pero la verdad era que la mayoría salió de las Bibliotecas
de la Universidad.
El objetivo siempre fue reproducir o "fusilar" esos títulos,
y la distribución se haría de forma gratuita. Fidel orientó
indagar en el número necesario de ejemplares a imprimir de cada libro,
y después concluyó que para redondear, imprimiera 1000 como mínimo
en todos los casos. El primer Libro de Edición Revolucionaria fue Introduction
to set theory and topology de K. Kuratowski en 1966.
"Fusilar", es un localismo surgido después de la Revolución.
¿Quién lo inventó?, sin dudas Liborio, que tiene esas ocurrencias.
Un proyecto
que crece
A mitad o fines del año 1966, Fidel me dijo que se debía crear
un Instituto del Libro. Por ser este un plan especial orientado por el Primer
Ministro, tuve la potestad para reagrupar las editoriales, tomar las imprentas
que editaban libros y revistas, y organizar las funciones relativas al comercio
interior y exterior del libro.
La esquina de 5ª y D en el Vedado sirvió para la constitución
formal del Instituto del Libro, en una casa que era de la Academia de Ciencias
de Cuba y que cedió el compañero Antonio Núñez Jiménez.
Más tarde el Instituto se mudó a 19 y 10, y después a Belascoaín
y Desagüe en Centro Habana.
En abril de 1967 quedó constituido el Instituto del Libro. También
en la misma fecha fui designado su director general. El primer Consejo Editorial
del Instituto del Libro que presidía, quedó conformado por: Raúl
Roa; Carlos Rafael Rodríguez; Fernando Martínez y Hermes Herrera.
El trabajo se organizó por Series Editoriales, que fueron los embriones
de las futuras Editoriales. Inicialmente no había suficientes editores,
era necesario formarlos, pero para comenzar se tomaron los que trabajaban con
Carpentier en la Imprenta Nacional de Cuba.
El primer año del Instituto del Libro se imprimieron 10 millones de ejemplares
y hacia 1979 editamos más de 50 millones.
Los criterios editoriales sobre marxismo
Entre los libros
publicados, a veces había alguna sugerencia de algún compañero
que podía ser del Departamento (de Filosofía).
El Instituto, mediante su editorial de Ciencias Sociales, concluyó que
no era necesario publicar todas las obras del marxismo soviético, si
bastaba con pedírselas a los soviéticos y ellos las editaban y
enviaban a Cuba. Por ejemplo, a petición mía fueron editados e
importados los 55 tomos de las Obras Completas de Lenin. No publicar marxismo
soviético en el Instituto, obedecía a un criterio práctico
y no a un criterio dogmático que condujera a excluirlo de nuestros planes
editoriales. Además, nosotros inicialmente no disponíamos de las
capacidades editoriales (traducción y especialistas) que se necesitaban.
El propósito que nos guió era publicar el marxismo de otros países
que no había en Cuba.
Regis Debray, que fue inicialmente profesor del Departamento, influyó
bastante en el conocimiento y edición de la obra de Althusser en Cuba.
Fuera de Edición Revolucionaria, como parte del proyecto mayor del Instituto
del Libro, hubo una Colección denominada Polémica cuyo logotipo
eran dos flechas encontradas. En esta Colección se editaron por ejemplo,
el Stalin de Deutscher y también La nueva económica de Preobrazhenski.
Pero faltarían otros muchos en una posible lista.
El fin de Edición Revolucionaria
Edición
Revolucionaria quedó finalmente como una Colección de Pueblo y
Educación. Al finalizar se habían publicado cientos de títulos
de distintos temas y áreas de conocimiento, incluso en distintos idiomas
(recuérdese que se "fusilaban").
Por cierto, Roberto Fernández Retamar me relató una anécdota
muy simpática. En un aeropuerto suizo se encontró con un conocido
profesor de Literatura, al cual le dijo que su libro lo habían "fusilado"
en Cuba. El profesor palideció y, entonces, Roberto se dio cuenta de
que había empleado fallidamente el término "fusilar",
y tuvo a toda carrera que enmendar la plana y explicar que así se le
decía en Cuba a reproducir una obra. Con la fama que por entonces nos
habían dado en el exterior, ¡cualquiera sabe qué habría
pensado el profesor
!
RECIBIDO: 10/11/2016
ACEPTADO: 19/12/2016
Dra. Natasha Gómez Velázquez. Facultad de Filosofía e Historia, Universidad de La Habana, Cuba. Correo electrónico: nagove@ffh.uh.cu
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