ARTÍCULO ORIGINAL
Desarrollo local y participación social. ¿De qué estamos hablando?
Local development and social participation. What are we talking about?
MSc. Maydolis Iglesias Pérez I, Dr. Reynaldo Jiménez Guethón II
I Oficina del Historiador
de la Ciudad, Cuba
II Programa FLACSO-Cuba, Universidad de La Habana, Cuba
RESUMEN: Este trabajo refleja que el desarrollo local acumula diversos antecedentes y experiencias y en consecuencia, su significado es aparentemente diverso cuando es utilizado por los expertos, o por los agentes sociales, frontera de reflexiones, debates, propuestas y políticas; para una gestión pública más descentralizada y participativa en el nivel local. Por otra parte, el artículo plantea que la participación social constituye hoy un lugar común en las Ciencias Sociales, es una proyección optimista, relativa a un nuevo modo de construcción social, realmente democrático, que logra relaciones de poder diferentes; en este estado ideal, el hombre común se tornaría sujeto en vez de objeto y los problemas y contradicciones sociales se resolverían mediante la intervención consciente de todos los individuos.
PALABRAS CLAVE: desarrollo local, participación social.
ABSTRACT: This work reflects that local development accumulates diverse antecedents and experiences and, consequently, its meaning is apparently diverse when it is used by the experts, or by the social agents, frontier of reflections, debates, proposals and policies; for more decentralized and participatory public management at the local level. On the other hand, the article argues that social participation is now a common place in the Social Sciences, is an optimistic projection, relative to a new way of social construction, really democratic, that achieves different power relations; In this ideal state, the ordinary man would become subject rather than object, and social problems and contradictions would be solved by the conscious intervention of all individuals.
KEYWORDS: local development, social participation.
El debate y análisis
de sobre la temática del desarrollo local se inició a finales
de los años 70 del siglo XX, a partir de la cual se hace necesario imaginar
otras formas de desarrollo que superaran cualitativamente las formas anteriores.
Se comienza hablar de "desarrollo de iniciativas locales o Desarrollo Local
como la alternativa ante la crisis, orientada a movilizar el potencial humano
a través de acciones locales en diversas áreas" (Cárdenas,
2002, p. 21). No es hasta los inicios de la década del 80 del siglo pasado,
que se despliega con fuerza este desarrollo local, abarcando la diversidad sociocultural
de las complejas sociedades modernas.
La propuesta del desarrollo local, no constituye por sí sola un marco
general para el ejercicio de una nueva forma de gobernabilidad para una nación,
sino que aporta, dentro de un modelo de desarrollo más amplio, la perspectiva
de rescate del lugar y potencialidad de la localidad (Hernández, 2004).Como
el propio proceso de desarrollo, también marca un énfasis en las
propuestas economicistas, desde sus comienzos, convirtiéndose el Desarrollo
Económico Local, durante los años 80, en la estrategia de desarrollo
territorial dominante.
En América Latina la creciente propuesta de lo local, viene acompañada
del agotamiento del Estado como motor del desarrollo, de la crisis como contexto
de larga duración, del potencial de la sociedad civil, la búsqueda
de identidades y nuevas utopías, también lo cultural como clave
para repensar la globalidad, etc.
En la literatura especializada se encuentran vastas reflexiones a partir de
teóricos como Antonio Vázquez Barquero: uno de los máximos
exponentes del pensamiento regionalista europeo; Francisco Alburquenque e instituciones
como el Banco Mundial que dan prioridad a la dimensión económica
del desarrollo y el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) que
abarca una perspectiva humana del mismo, mientras en el pensamiento latinoamericano
autores como José Luis Coraggio y José Arocena abogan por una
propuesta más integral del desarrollo. Lo que explica la rica y profunda
polémica que despierta la conceptualización del proceso de Desarrollo
Local.
Es necesario tener en cuenta los elementos esenciales de este concepto, ya que
la mayoría de los autores consultados (Antonio Vázquez Barquero,
Francisco Alburquenque, José Luis Coraggio y José Arocena) se
esfuerzan por dejar claros los mismos, en todos sus análisis:
El carácter de proceso del desarrollo, más que el énfasis
en el resultado final, se ve el desarrollo como formas de relacionamiento cotidiano,
fundado en participación, en solida-ridad, en relaciones desiguales y
donde la participación y autotransformación son simultá-neamente,
instrumentos y productos del mismo.
La sostenibilidad como requisito esencial del desarrollo, vista en la relación
sociedad- naturaleza y en el uso de todas las riquezas: naturales, culturales,
humanas, históricas, tecnológicas y sobre todo, sostenibilidad
en la posibilidad de continuidad autopropulsada, autoregenerativa, impulsada
por los agentes que intervienen en el proceso.
La centralidad de los actores sociales, individuales y colectivos, entendidos
como sujetos con capacidad de reflexión, de generar un conocimiento sobre
ellos mismos, sobre los otros y su entorno y, sobre esta base, de diseñar
y poner en práctica acciones de cambio.
El carácter participativo del desarrollo, en tanto construcción
colectiva de relaciones horizontales que debería excluir la posibilidad
de intervención de un poder enajenante y de manipulaciones externas,
enfatizando las cualidades de auto-organización de los actores de la
escala de que se trate.
La necesidad de una recuperación de la dimensión territorial del
desarrollo y de entrelazamiento sinérgico entre la escala micro- local
y otras de mayor generalidad, regional, nacional y extra nacional.
La utilidad de instrumentos concretos de planificación y concertación
de estrategias para la construcción y negociación de agendas de
desarrollo entre actores diferentes.
A partir de estos elementos los autores consultados coinciden en la importancia
de precisar las dimensiones del desarrollo local, las cuales se amplían
a continuación:
Dimensión
psico-socio-cultural: No es posible la existencia de procesos exitosos de
desarrollo local sin un componente identitario fuerte, que estimule y vertebre
el potencial de iniciativas. Para que "la identidad colectiva se convierta
en palanca de desarrollo, sus procesos constitutivos deben articular el pasado,
el presente y el proyecto en una única realidad interiorizada por el
conjunto de los miembros de la sociedad" (Arocena, 1995, p. 41).
Un proceso de desarrollo local supone una cultura de la proactividad con alta
autoestima del colectivo, que los lleve a saber qué quieren, asumir riesgos,
tomar la iniciativa, buscar alternativas, aprender de los errores, ser creativos,
y hacer que las cosas sucedan. "La modernidad auténtica solo puede
surgir de un esfuerzo endógeno, movilizando las energías sociales
que hacen que una sociedad se sienta responsable por sus acciones y por los
resultados de ellas" (Calderón, Hopenhayn & Ottone, 1996, p.
36).
Dimensión
económica: Para el éxito del proceso de desarrollo local es
imprescindible la existencia de una estrategia de desarrollo explícito
con carácter integral, cuya expresión sea el Plan de Desarrollo
Local, que permita articular realizaciones importantes en el campo económico
productivo, con logros sociales y culturales y que tenga como actores sujetos
al sector privado empresarial, el Estado y el sector voluntario o privado sin
fines de lucro, se hace necesario un nexo orgánico entre el Estado, el
mercado y la sociedad.
Debe existir un aparato productivo diversificado y sustentado en las potencialidades
de sus recursos y en las vocaciones socioculturales para producir, promocionar
la reinversión del excedente económico en la sociedad local, lo
cual permitirá la expansión del empleo y la satisfacción
de necesidades y permitir la incorporación de tecnología apropiada
a la realidad local.
En lo relativo a los recursos endógenos, el catálogo de los que
pueden existir en un territorio es extenso, por ejemplo, recursos naturales,
o medioambientales, infraestructuras de desarrollo, cultura local, población
o capital humano, recursos intangibles y otros. Se trata de conocer con rigor
y exhaustividad hasta qué punto el territorio cuenta con ellos, lo que
requiere una labor de diagnóstico y análisis.
Dimensión
social: El proceso de desarrollo local deberá hacer posible la generación
de servicios e infraestructuras que mejoren la calidad de vida de los ciudadanos
y además implica garantizar el bienestar colectivo o satisfacción
de las necesidades humanas fundamentales. Por tanto, es necesario la integración
y cohesión social a través de la superación de formas de
exclusión social o pobreza, por una parte, y por otra, garantizar y promover
el desarrollo social integral a toda la población.
Esta dimensión es esencial dentro de la Estrategia de Desarrollo Local,
estrechamente imbricada con las decisiones y acciones del campo económico-productivo,
ratificando que los procesos de desarrollo no son simplemente de crecimiento
económico, sino que plantea siempre la articulación sinérgica
de la eficiencia productiva y la equidad, como objetivo fundamental del desarrollo
local para la reducción de las desigualdades, mediante una mejor distribución
del producto social. Esto significa que
Cada persona tenga la capacidad de desarrollarse plenamente, tanto en el mundo del trabajo como en el mundo social, el de la familia, en el cultural, y que a la vez tenga vínculos de cohesión social, acceso a los códigos de pertenencia y a una participación plural, sistemática, informada, en el mundo de la política. (Carpio, 2010, p. 18)
El éxito,
en el proceso de construcción del desarrollo local, también supone
concertación, negociación e interacción entre actores,
(políticos, socioterritoriales y económico-productivos) buscando
una articulación de intereses, creando estructuras que reúnen
organizaciones sociales territoriales, empresas locales, organismos del Estado,
ONG, etc. Por tanto, la existencia de un sistema de actores fuertemente articulados
y consolidados constituye el motor esencial para dinamizar los procesos de desarrollo,
los cuales necesitan de conductores, protagonistas y dirigentes con posibilidades
reales de conducción del proyecto colectivo.
La participación de la ciudadanía por canales formales e informales,
manifestando exigencias, emprendiendo proyectos, resulta importante para sostener
la capacidad de gestión local, como el liderazgo político para
iniciar su desarrollo (Cuello Campos, 1995).
Dimensión
jurídico-político-administrativo: La construcción del
desarrollo local se vincula a procesos sociales que resultan definitivos y esenciales
como son la descentralización político-administrativa; la profundización
de la democracia y la redefinición de relaciones entre la sociedad civil
y el Estado.
La descentralización político-administrativa es considerada una
condición necesaria para el desarrollo local, pues puede conceder a los
distintos niveles territoriales grados de autonomía suficientes para
transformarse en administradores eficientes de sus propios recursos. "La
descentralización debe permitir una mayor autonomía del sistema
local, promoviendo un sistema de acumulación regional, destinado a la
reinversión y crecimiento del mismo y a la promoción y expansión
del bienestar social colectivo" (Cárdenas, 2002, p. 12).
Junto a la descentralización debe darse como contraparte, el fortalecimiento
de gobierno local, expresado en una estrategia de desarrollo institucional para
la reconversión de su aparato administrativo y la capacitación
de su personal, que les permita percibirse a sí mismas como auténticos
órganos de gobierno local, líderes eficaces en la promoción
de nuevas actividades económicas, sociales, políticas y culturales,
en coordinación, concertación o cogestión, con las fuerzas
productivas o actores de la comunidad.
Un proceso efectivo, eficiente y eficaz de desarrollo local exige nuevas formas
de hacer política. La intervención del dirigente político
no puede reducirse a la clásica lógica "del control político",
sino que debe tender a promover encuentros con los distintos sectores de la
sociedad civil, reconociendo en ellos una capacidad de acción específica
sobre la sociedad local. Se vuelve así "el actor político
corresponsable de iniciativas y de nuevas formas de promoción del desarrollo,
articulando su racionalidad de actor con la de otros actores" (Osborne
& Gaebler, 1994, p. 7).
Dimensión
de la integración nacional e internacional: La efectividad de un
proceso de desarrollo local como alternativa de superación a las formas
de desarrollo tradicional inoperantes frente a la crisis, pasa porque sea parte
de una política o Estrategia Global de Desarrollo, llevada adelante por
cada país a nivel nacional y por los niveles supranacionales. Para que
el proceso de desarrollo local se convierta no en una autarquía, sino
en un proceso sinérgico y potenciador del desarrollo nacional, el gobierno
debe estar consciente de la importancia de la diferencia en los procesos de
desarrollo, lo cual significa que es necesario construir un sistema local autónomo
y a la vez fuertemente integrado a las redes globales.
El ejercicio de la autonomía local debe enmarcarse necesariamente en
un pensamiento global de interrelación con otros territorios, otros agregados
sociales y otras estructuras normativas y administrativas. Dicho desarrollo
"es al mismo tiempo participación a escala planetaria y valorización
de la comarca" (Arocena, 1995, p. 161).
Dimensión
de participación social: La promoción y gestión de
políticas, proyectos e iniciativas de desarrollo en contextos locales,
requiere de agentes de desarrollo local, entendidos como quienes pueden capitalizar
las capacidades locales en una tarea de mediación, promoción de
alianzas y proyectos, articulación, contribución a la formulación
de diagnósticos y diseño de estrategias.
El desarrollo de estos roles implica el manejo de conocimientos y herramientas
específicas y la existencia de un liderazgo en el ámbito local,
con capacidad de convocar y movilizar a los diferentes actores sociales de la
colectividad y de intermediar con las autoridades superiores al ámbito
local.
El desarrollo local se ha visto favorecido con el surgimiento de estas estrategias,
por su capacidad para buscar soluciones desde el ámbito territorial,
mediante un aprovechamiento de los recursos endógenos existentes y la
vinculación en redes de los diferentes actores socioeconómicos
locales. Su objetivo es generar actividades, programas con innovación
creativa, la importancia de que "la gente actúe por ella misma,
desde sus propios territorios, a través de la movilización de
los diferentes actores y organismos tanto públicos, como privados"
(Alburquenque, 1995, p. 18).
Todo ello, se encuentra condicionado, sin dudas, por factores del contexto,
tales como "la estrategia nacional de desarrollo, la inserción en
el contexto internacional del territorio, su historia, el marco político
y jurídico, etc." (Arocena, 1995, p. 161). En este sentido, el desarrollo
local es un proceso complejo, que se genera en un ámbito territorial,
donde interviene una sociedad local, pero también, hay un espacio humano,
de un ser con intereses y vivencias particulares, en un ámbito de relación
más inmediato, con creencias y valores que van a retroalimentar lo colectivo
desde sus propios aprendizajes.
La participación social, exalta que ningún territorio se ha desarrollado
sin la voluntad de sus habitantes de conseguirlo; esa voluntad es la que debe
ser volcada en las estrategias de desarrollo y potenciada desde las mismas.
Según el PNUD, el objetivo central del desarrollo es el ser humano, ya
que dicho desarrollo sería un proceso por el cual, se ampliarían
las oportunidades de este, "la posibilidad de ser creativo y productivo,
respetarse a sí mismo y disfrutar de la garantía de los derechos
humanos" y además; la "formación de las capacidades
humanas y el uso de las adquiridas", lo que incluye un "proceso dinámico
de participación social" (PNUD, 1990, pp. 8-12).
Las acciones de motivación, sensibilización, información
y formación, son herramientas muy útiles para lograrlo, de ahí
que las estrategias de desarrollo local hayan ido asumiendo una
perspectiva generacional, concretada en políticas y programas que atienden
esa dimensión, haciendo énfasis además en las minorías
y grupos vulnerables, reconociendo las diferencias no solo de género,
sino de edad y étnicas.
Este conjunto de consideraciones en torno al recurso intangible, no pueden cerrarse
sin hacer mención de una de sus piezas esenciales y que, afortunadamente,
hoy se tiene más presente en la elaboración de las estrategias
de desarrollo, constituyendo junto a la participación un eje transversal
de las mismas: Dimensión del enfoque de género.
A pesar que la mujer ha sido un pilar esencial del desarrollo de las sociedades
en todas las épocas y lugares, su función ha sido sistemáticamente
minimizada, o simplemente, ignorada, hasta el punto que se le ha llegado a calificar
como el "factor invisible" del desarrollo. Una situación que
comenzó a cambiar a partir de la I Conferencia Mundial sobre la Mujer,
celebrada en la Ciudad de México en 1975 y el surgimiento de enfoques
como el GAD -"Gender and Development" (Género y Desarrollo).
Un concepto que convierte la noción de género, en un instrumento
analítico que estima y pondera los papeles y necesidades tanto de hombres
como de mujeres. Se trata, además de integrar a las mujeres en un proceso
de desarrollo dado, de construir una distinta percepción que modifique
las relaciones de poder basadas en su subordinación; un marco en el que
se precisa alcanzar la transformación a través de la integración,
lo que no significa añadir un componente femenino, sino un componente
de equidad de géneros.
Luego de explicar y analizar los elementos que permiten la construcción
de un desarrollo local efectivo, se hace evidente que el mismo es complejo y
dinámico, comprende múltiples dimensiones, implica la estructuración
de nuevas formas de organización social y es un proceso que se construye
diferenciadamente en cada país, según las distintas articulaciones
entre estas. El debate sobre el tema resulta entonces, importante, impostergable
y útil para el desarrollo de la sociedad actual.
Participación social; un concepto difícil de definir
Se aprecia que
la participación, es un fenómeno social afín al desarrollo
económico, cultural y político alcanzado por una sociedad, vinculado
a las necesidades e incentivos de los distintos grupos y sectores que integran
la misma. En general, es un fenómeno de contenido y orientación
eminentemente humano que implica capacidades, condiciones, posibilidades y motivaciones
(Dávalos, 1997).
También la participación puede ser vista como proceso con respecto
a sí misma, puede involucionar o evolucionar a través del tiempo,
alcanzando estadíos superiores de desarrollo. "El ejercicio de la
participación frecuentemente amplía sus propios márgenes
al incrementar tanto la preparación de los miembros de la organización
para tomar decisiones conjuntas, como las expectativas de incidir más
activamente en las decisiones que los afectan" (Sarasua & Udaondo,
2004, p. 43). En este mismo sentido, los autores anteriores, reconocen que el
proyecto autogestionario, como expresión de un estadío superior
de participación, "es un proceso de experiencias, de maduraciones,
un proceso educativo, ligado a praxis concretas, que se desarrolla por pasos".
La noción de proceso lleva a considerar la participación como
algo complejo, interconectado, dinámico, dialéctico, multideterminado,
gradual, evolutivo, compuesto por etapas y no como un fenómeno inerte
cuya configuración tuvo lugar de una vez y para siempre.
Ahora bien, ¿qué es la participación?, probablemente sea
este uno de los conceptos
más controvertidos de las Ciencias Sociales, debido a la importancia
y complejidad que se le atribuye al fenómeno que designa, la pluralidad
de significados que adquiere en los más disímiles contextos, la
amplia gama de formas en que puede manifestarse, con marcadas diferencias cualitativas
entre sí y la diversidad de puntos de vista al respecto. Participación,
es una palabra de uso frecuente tanto en el lenguaje científico, como
en el común; en ambos, tiene múltiples significados y se utiliza
para designar situaciones de naturaleza diferente. Su riqueza semántica
si bien facilita la comunicación, a falta de otra palabra más
precisa para designar un fenómeno en un momento determinado, puede ocasionar
serias incomprensiones si no se define el sentido en que está siendo
utilizada.
Sobre la definición de participación varios autores han destacado
su conflictividad (Mato, 1999 y Domínguez, 2004), amplitud (Domínguez,
2004; Linares, 2004 y Arenas 2004), imprecisión y escaso valor instrumental
(Thevoz, 1999), ausencia de consenso y posibilidad de ser cuestionada (Mato,
1999). En opinión de Cecilia Linares, esta situación ha llevado
a algunos expertos en el tema, a considerar la participación como una
noción de escasa utilidad conceptual, ya que su elasticidad permite contemplar
situaciones marcadamente diferentes entre sí, que van desde las que rozan
con la exclusión, hasta aquellas donde se comparte o delega el poder
para tomar decisiones trascendentales (Linares, 2004).
Por otra parte, sin adoptar una posición extrema como la anterior, pero
reconociendo la complejidad y diversidad que encierra, se considera que la participación,
como concepto conserva su utilidad, siempre y cuando, se defina con claridad
y se especifique el tipo de participación al que se hace referencia.
Algunos autores consideran también que una adecuada definición
debería ajustarse al ámbito (político, económico,
comunitario, etc.) y nivel (macro o micro) en que se analiza.
La participación, en tanto creación de un sujeto activo, conlleva a desarrollar una cultura de la participación, en el entendimiento de que se hace necesario educar para participar, es decir, recrear la cultura de la participación, a partir de las diversas modalidades de educación o formación, y de la realización de proyectos, donde ella se favorezca. (Socarrás, 2004, p. 24)
Se le identifica
como "el eje central que posibilita incrementar y redistribuir las oportunidades
de los actores sociales en los procesos de toma de decisiones" (Linares,
1996, p. 11).
Para el sociólogo Roberto Dávalos, la participación social
es un proceso que en función de sus aspiraciones, incrementando su autonomía,
afirmando su identidad y reconociendo sus intereses:
Está vinculado a las necesidades y motivaciones de los distintos grupos
y sectores que integran la misma, así como a la dinámica de las
relaciones establecidas entre ellos en distintos momentos, condiciones y espacios,
lo que va conformando todo un conjunto de redes que estimulan u obstaculizan
el desarrollo de auténticos procesos participativos. (Dávalos,
1997, p. 22)
Los autores concuerdan que la participación constituye un derecho político, social y humano, planteado así por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), donde la participación constituye un eje transversal al mismo, afirmando que la participación,
debe ser un elemento
esencial del desarrollo, el derecho de la población a decidir sobre aquello
que influye en sus vidas, implica la distribución del poder en la sociedad
y la transformación del concepto de desarrollo, este debe centrarse en
el ser humano que pasa a ser considerado como motor a la vez que objeto del
desarrollo y al que se le atribuye la capacidad y necesidad de participar activamente
en los procesos de ampliación de sus propias oportunidades: así
el ser humano es fin y medio del desarrollo, su objetivo y su agente esencial.
(PNUD, 1997, p. 28)
Después de examinar varias definiciones de participación formuladas
desde ámbitos y niveles diferentes, se puede reconocer dos grandes tendencias:
las que se centran en las relaciones de poder y específicamente en el
acceso a la toma de decisiones y aquellas que contemplan un espectro más
amplio de formas de participación, concibiéndola como la posibilidad
real de tomar parte en un proceso, que surge de una necesidad percibida, tiene
un fin específico y responde a determinados intereses.
Para los autores que se ubican en la primera tendencia, la participación
implica necesaria-mente, compartir o redistribuir el poder y por tanto "intervenir",
"incidir", o "influir" en el proceso de toma decisiones.
Desde esta perspectiva, participar es intervenir en una, en varias o en todas
las etapas del proceso de decisión.
Esta tendencia tiene la virtud de destacar como aspecto central de la participación
la distribución equitativa del poder, sin el cual se convierte en un
simulacro o en un acto aparente de construcción conjunta de decisiones.
También destaca las formas en que la participación cobra verdaderamente
sentido. Su desventaja principal es que deja fuera del análisis, modalidades
de participación cualitativamente inferiores pero que pueden tener una
contribución importante en el curso de un proceso. Un ejemplo de lo que
excluye, sería la participación en el diagnóstico de problemas
o en la formulación de demandas; tanto los problemas como las demandas
pueden originar procesos de decisión, pero no forman parte de él,
la consulta y la información, son también formas excluyentes así
como la resistencia.
Las definiciones que se inscriben en la segunda tendencia tienen el mérito
de contener todas las formas de participación posible, desde las más
elementales hasta las superiores; esto, que es su principal ventaja, es al mismo
tiempo su principal desventaja, al no discriminar entre formas cualitativamente
diferentes entre sí y agrupar en un mismo concepto tanta diversidad.
A partir de aquí, los autores asumen la segunda tendencia, ya que se
prefiere contemplar la diversidad de situaciones en que puede manifestarse y
no reducirlas en aras de alcanzar una "mayor" precisión conceptual.
Dimensiones de la participación
La participación,
es un fenómeno mucho más complejo de lo que usualmente se piensa.
Es común, escuchar valoraciones sobre su estado en términos de
mucha o poca participación, o en términos de existencia o inexistencia
de la misma. Juicios de este tipo reflejan una visión reduccionista,
centrada en lo cuantitativo y generalizadora, al no discriminar la forma en
que se expresa en los diferentes sujetos y en los diferentes temas que abordan.
Es imposible que exista una organización, donde no haya participación
y es poco probable que en ella, todos participen de la misma manera, con la
misma intensidad y mantengan un comportamiento similar en todas las situaciones
que enfrentan.
La participación debe ser analizada en diferentes dimensiones:
Sujeto de la
participación: esta dimensión indica quiénes participan,
por lo que su análisis permite precisar los actores a los que se hace
referencia cuando se examina la participación. En una organización
o en un proceso, regularmente participan diferentes personas o actores, cada
uno suele hacerlo de formas diferentes, por lo que tiene poco sentido hablar
de la participación en abstracto o en general, sin especificar el sujeto
al que se hace referencia.
Objeto de participación:
esta dimensión señala en qué se participa. La participación
siempre es de alguien sobre algo, no existe en abstracto. En la literatura aparecen
diferentes clasificaciones de objeto de participación. Por ejemplo, Sarasua
y Udaondo (2004) reconocen la participación en tres ámbitos fundamentales:
la propiedad, los beneficios y la gestión. Al respecto, Schein (1982)
ofrece una clasificación de áreas de participación más
amplia y estructurada.
Objetivo de
la participación: todo acto participativo tiene una finalidad. Como
reconoce Arenas (2004), se trata de una conducta orientada hacia una meta. El
objetivo, que expresa el para qué se participa, puede estar más
o menos claro, responder más a los intereses de una parte que a los de
otras y tener un sentido de orientación diferente para cada una de ellas.
Cuando los objetivos son claros y responden a los intereses de los participantes,
el compromiso con la tarea aumenta y el desempeño es cualitativamente
superior. La finalidad de la participación en un área concreta,
no siempre es la misma, puede variar o redefinirse en función de nuevos
intereses o de los logros alcanzados por los participantes.
Alcance o trascendencia
de la participación: hasta cierto punto esta dimensión puede
considerarse el resultado de la combinación de las dos anteriores. Se
pondrían de manifiesto "habilidades que favorecen la interacción
efectiva como la escucha activa, la negociación, la mediación,
el establecimiento y respeto de reglas grupales" (Coraggio, 1987, p. 36).
Formas o niveles
de participación: esta dimensión es la más importante
de todas, porque permite conocer el rol desempeñado por las partes en
el proceso participativo. Las formas en que se manifiesta la participación
expresan "grados diferentes de involucramiento en este proceso" (Linares,
2004, p. 35). Esto no quiere decir que en todas las circunstancias, las formas
superiores son preferibles a las inferiores. Como se señala anteriormente,
la pertinencia de una u otra forma de participación, depende de múltiples
variables, por lo que no existe una que por sí misma, sea mejor que las
demás.
La forma en que se participa puede cambiar a lo largo del tiempo. En ocasiones
puede transitar hacia formas superiores y en otras hacia inferiores. Regularmente
"se participa de diferentes formas en una organización y hasta en
un mismo proceso, por lo que esta dimensión siempre debe analizarse con
respecto a un objeto determinado de participación" (Linares, 2004,
p. 35). Las clasificaciones de formas o niveles de participación que
puede encontrarse en la literatura, no difieren sustancialmente entre sí.
Algunos autores además de reconocer las formas típicas hacen referencia
a variantes que pueden encontrarse al interno de algunas de ellas. En la tipología
que se presenta a continuación se señala tanto las formas como
las variantes identificadas en los casos correspon-dientes, con el propósito
de ofrecer una mayor definición del rol que un sujeto puede asumir en
un proceso participativo.
Otro aspecto que parece importante destacar antes de tratar las formas o niveles
de participación, es que regularmente las fronteras entre ellas resultan
borrosas por el hecho de que constituyen grados de un mismo proceso.
Información: una parte da a conocer un contenido determinado, su opinión,
su decisión o su aprobación de algo. La o las otras se limitan
a escuchar e intentar comprender lo que se les comunica. Es un acto unilateral
cuya realización no requiere de la aprobación del destinatario
del mensaje y donde el informante decide lo que se va a difundir (Thévoz,
1999).
Consulta: "una parte toma conocimiento de las opiniones, propuestas, preferencias
y sugerencias de otras sobre un tema definido. En esta forma de participación,
los consultados no eligen el tema sobre el cual deben opinar y sus opiniones
pueden o no tomarse en cuenta" (Linares, 1996, p. 4). Las variantes de
esta forma o nivel dependen del tema propuesto y del procedimiento que se siga
para recoger la información.
Elaboración de propuestas: consiste en "proponer algo o alguien
cuya aceptación se decidirá posteriormente, por el actor que la
formula o por otro que esté facultado para tomar la decisión final.
Las propuestas pueden ser consideradas tal y como se presentan o modificadas
si el decidor lo considera necesario" (Thévoz, 1999, p. 26). Tanto
el que propone como el que decide, tienen un rol importante en el proceso participativo.
No se puede decidir sin propuestas, en los casos que lo requieran pero su formulación
no indica que se implante en los términos en que fue concebida inicialmente.
Toma de decisión: "esta forma de participación comprende
la generación de alternativas para alcanzar una meta determinada y la
selección de la que se considera más apropiada" (Linares,
1996, p. 25).
Implementación: comprende "la realización del conjunto de
tareas y acciones por medio del cual se espera alcanzar los objetivos de la
decisión formulada con anterioridad" (Linares, 1996, p. 25).
Control: "es la actividad de seguimiento o monitoreo de la aplicación
de la decisión y del proceso participativo" (Linares, 1996, p. 25).
Evaluación: "Los que tienen el encargo de evaluar las decisiones,
juzgan sus resultados en función de los objetivos de la participación,
lo que permite determinar su cumplimiento" (Linares, 1996, p. 25).
Resistencia: esta forma de participación no se reconoce de manera frecuente
en la literatura revisada. Sin embargo, al igual que la participación
directa, su comportamiento afecta sensiblemente la dinámica de las decisiones
y sus resultados. En este caso, la participación consiste en oponerse
de manera más o menos activa a la decisión que se adopta.
Estas formas o niveles de participación no son excluyentes, como señalan
algunos autores la información y la consulta frecuentemente constituyen
requisitos para la toma de decisiones y son retroalimentados por ella, en la
medida que el proceso avanza. Por otra parte, la toma de decisiones muy a menudo
requiere que se disemine la información que se está manejando
y obtener más y mejor información en consultas adicionales.
Evidentemente, unas tienen más peso que otras en los resultados que se
obtienen y en las posibilidades de desarrollo y satisfacción personal
que ofrecen. En este sentido la más importante es sin dudas la toma de
decisiones, porque es donde se define tanto el poder de decisión que
van a tener las partes, como las decisiones que finalmente se ponen en práctica.
Como se puede notar, existen múltiples formas o niveles de participación.
En dependencia de la que se elija el proceso tendrá una dinámica
determinada y sus resultados serán diferentes con bastante probabilidad.
Por esta razón, cuando los resultados no son los esperados, la solución
puede ser mejorar el nivel o la forma de participación escogida o sustituirla
por otra. Persistir en la misma puede constituir la causa principal de los fracasos
que se observan.
Consecuencias de la participación
Como señala
Arenas "las consecuencias son los efectos que los actos participativos
tienen para la persona, la situación, la organización y para el
propio proceso participativo" (Arenas, 2004, p. 31). La participación
como se ha planteado es básicamente un medio o una opción cuya
pertinencia dependerá de sus resultados. En última instancia,
la participación se evalúa por sus efectos y no por su ejercicio
o por las buenas intenciones que la promovieron.
Los efectos de la participación, generalmente son múltiples y
pueden ser esperados o inesperados, estar por encima o por debajo de los objetivos
previstos, positivos o negativos, tangibles o intangibles, a corto o largo plazo,
predecibles e impredecibles, multinivel o en un nivel específico, periféricos
o estructurales, etc. La relación entre efectos y participación
no es unívoca, ocurre en ambas direcciones. "La participación
determina los efectos y estos pueden incidir favorable o desfavorablemente en
la participación" (Arenas, 2004, p. 54).
Las dimensiones que comprende la participación, ponen de manifiesto que
se trata de un proceso complejo, tanto por la cantidad de factores que lo determinan,
como por las interacciones que se producen entre ellos. También habría
que admitir, que tanto su descripción como su comprensión no pueden
reducirse a una cuestión de grados. En ambos casos, es necesario conocer
la forma en que se configuran estas dimensiones, solo así se puede tener
una idea aproximada de cómo se expresa la participación en una
organización concreta.
Los autores consideran que la participación nunca es neutra, responde
a determinada agenda de intereses (políticos, económicos, ideológicos,
religiosos, clasistas, personales, etc.) que pueden ser más o menos explícitos
e imponerse a los de otros actores por diferentes vías y la otra que
está estrechamente relacionada con la anterior, es que la esencia de
la participación debe "buscarse en la estructura e intencionalidad
de la propuesta que la contiene" (Linares, 2004, p. 28).
Sin embargo, a pesar de los esfuerzos realizados por democratizar las sociedades
y sus instituciones y distribuir el poder de manera más equitativa, la
participación sigue siendo más activa en los discursos que en
la práctica, donde muchas veces adopta la forma de manipulación
a través de la motivación y movilización de personas en
función de los intereses de una minoría que ostenta el poder,
y que solo está dispuesta a compartirlo cuando sabe de antemano que los
demás no harán otra cosa que contribuir a preservar esos intereses
o satisfacerlos de manera creciente.
Actualmente, la confluencia entre la participación social, con sus diversas
manifestaciones y el enfoque local es uno de los elementos-ejes básicos
del desarrollo humano sostenible; en tal sentido los autores tratan de demostrar
que un factor primordial para el desarrollo local, es la participación
como gestor y promocionador de capacidades, con un enfoque territorial, pues
la participación es un medio para mejorar y agilizar la eficacia de un
proyecto y es un fin en sí mismo, en cuanto fortalece la autoestima de
la población, al proporcionarles un control sobre los elementos del contexto
donde se desenvuelve, "el proceso de participación solo llega a
completarse en todos sus momentos en el espacio local, donde se da la participación
directa de los pobladores y su relación cara a cara" (Chaguaceda,
2008, p. 18).
Finalmente es necesario expresar que, la participación constituye el
prerrequisito del desarrollo local, su presencia resulta crucial en todas las
etapas del proceso, desde la identificación de las necesidades, hasta
la evaluación y ajuste del plan, así como en sus etapas intermedias,
resultando vital la toma de decisiones sobre los objetivos a alcanzar, el uso
de los recursos disponibles y el control de las operaciones. Todos, sin excepción,
deben tomar parte en los esfuerzos por alcanzar la meta participativa, disfrutar
de sus beneficios y autosostenerlos resulta un ingrediente vital para cualquier
estrategia de desarrollo local.
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RECIBIDO: 13/12/2016
ACEPTADO: 06/01/2017
MSc. Maydolis Iglesias Pérez. Oficina del Historiador de la Ciudad, Cuba. Correo electrónico: maidolys@planmaestro.ohc.cu
Dr. Reynaldo Jiménez Guethón. Programa FLACSO-Cuba, Universidad de La Habana, Cuba. Correo electrónico: rejigue@flacso.uh.cu
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